escarabajo

El escándalo VW ó como no cagarla en la gestión de crédito [1]

El escándalo de la manipulación de las medidas de emisión de los motores diesel de VW debería hacer que nos volviéramos a pensar algunos planteamientos típicos en la gestión de crédito.  En dos días, Volkswagen llegó a perder un 38% de su valor en bolsaSi la empresa fuera cualquier otra, menos capitalizada, ya habría solicitado el concurso de acreedores.  Y no digo que VW deba hacerlo ni que vaya a ocurrir, lo que digo es que el caso nos ha de servir para espolear una saludable reflexión acerca de algunos hábitos malsanos en cuanto a la gestión de crédito se refiere.

Respecto de sus principales clientes, confieso estar hasta la coronilla de escuchar como altos directivos de empresas justifican que no hace falta realizar ningún análisis ni seguimiento de la empresa “X” (rellena el nombre que corresponda, de acuerdo con el sector económico que te interese) y, mucho menos, asegurar las ventas que realicen a dicha empresa.  Razonan que es tirar el dinero.  “Total, ¿para qué?  Si su solvencia está fuera de toda duda.”  Puede que sea el caso mientras no ocurra nada inesperado pero, ¿qué pasaría en un caso como el de VW?

“Jo, Michael, no te pases, es un caso extremo…”  ¡Y claro que sí!  Pero, ¿los imprevistos no se tratan precisamente de eso?  ¿Casos extremos, sorpresas desagradables, que no había forma de prever? [2]  Y, precisamente por eso, cuando hablamos del riesgo (de la clase que sea), siempre tratamos un binomioprevención y protección.

Es habitual creer que conocemos bien a nuestros clientes, especialmente a los principales.  Para poner a prueba esta creencia, propongo un sencillo test, al que hay que responder con sinceridad, para que sirva de algo:

  1. ¿Conocemos el mapa de riesgos [3] disruptivos de nuestros clientes?
  2. En cualquier caso, ¿conocemos los planes de prevención y protección que tienen nuestros clientes contra esos riesgos?

Los dos sabemos cuáles son las respuestas… (vamos, un rotundo “no” a ambas preguntas).  Además, los riesgos disruptivos pueden ser múltiples:  medioambientales, financieros, reputacionales, operativos, etc., etc.  Siendo realistas, si nos cuesta hacer el ejercicio para nuestra propia empresa, es difícil que lo hagamos respecto de nuestros clientes.  [Un pequeño paréntesis:  Es un ejercicio interesante intentar hacer el mapa para uno de nuestros clientes importantes, pero sobre esto volveré otro día.]

En el pasado, he escrito mucho y en diversos posts sobre la necesidad de hacer una buena labor de prevención en la gestión del riesgo de crédito, con el fin de tenerlo controlado y, en la medida de lo posible, evitar las sorpresas desagradables.  Pero la prevención no excluye la necesidad de la protección, porque las sorpresas desagradables ocurrirán, porque sí y por mucho que intentemos evitarlas.  Y para eso está la protección.  En palabras más llanas, los seguros.  [Otro paréntesis:  si eres alérgico al seguro de crédito, con casi total seguridad tampoco inviertes lo suficiente en “medicina preventiva”.  Después de leer este post, si no te convence para volver a considerar las bondades del seguro de crédito, del que hay más oferta de la que puede parecer (no te quedes sólo en lo más conocido, eso ya lo descartaste…), por lo menos revisa tus medidas de prevención, así como las políticas de inversión en las mismas y de capitalización del balance, para que tu autoseguro no resulte ser un “autoinfraseguro”.]

Y esto nos trae de vuelta al meollo de la cuestión:  habida cuenta que en realidad no sabemos casi nada de las interioridades de nuestros clientes ni de cómo piensan afrontar riesgos potencialmente catastróficos para su negocio, ¿por qué puñetas escatimamos un puñado de euros en el aseguramiento de las ventas a esos clientes “que nunca van a caer” y que, en realidad, son tan mortales como tú y yo?

Por si quieres que lo diga más despacito:  el balance y cuenta de resultados que tan afanosamente estudiamos, diseccionamos y analizamos, reflejan un pasado que nunca más volverá a existir.  Además, no reflejan la capacidad de disrupción del negocio de los riesgos a que se enfrenta la empresa, ni mucho menos sus preparativos para los mismos.  Y si aflora un riesgo disruptivo, la supervivencia de nuestro cliente puede estar en jaque y, en consecuencia, su capacidad de pagarnos aquello que nos debe.  Y si no nos paga lo que nos debe, ha conseguido convertir su problema en problema nuestro.

Puede que sólo sea necesario que esto ocurra una vez para que nuestra propia viabilidad se vea en entredicho – ¿no te parece motivo suficiente para justificar la inversión tanto en prevención como en protecciónSi la respuesta sigue sin parecerte evidente, permíteme plantear un escenario hipotético y una hipótesis:

  • El escenario hipotético ya lo he descrito: un principal cliente sufre un impacto catastrófico, de la clase que sea, y esto hace que no sea capaz de pagarte lo que te debe.  (Da igual que el cliente acabe en concurso de acreedores o no.)  Por el motivo que sea, este impago supone para tu empresa un obstáculo insalvable para la continuidad y la tuya sí acaba en concurso de acreedores.
  • La hipótesis es de relativamente nueva cuña en España: el abogado de uno de tus acreedores, al percatarse que era perfectamente factible evitar el motivo principal del concurso (el impacto negativo del impago) a través de medios de protección fácilmente obtenibles en el mercado (léase el seguro de crédito en cualquiera de sus variantes), consigue convencer al juez que el concurso sea considerado culpable, por administración negligente.  En tal caso, los administradores y el director general podrían ver sus bienes personales comprometidos, con el fin de hacer frente a las deudas de la sociedad. [4][5]  Y aunque hubieras contratado un seguro de D&O precisamente para estas circunstancias, no confíes – si a la aseguradora se le condena al pago de la indemnización y ésta considera que ha habido negligencia, repetirá contra el o los directores en cuestión.  O sea, no tendrás descanso. [6]

Ahora, para que no nos despistemos, repito la pregunta:  ¿no te parece motivo suficiente para justificar la inversión tanto en prevención como en protección?


[1] … parafraseando la contundente declaración de Michael Horn, CEO y presidente de Volkswagen Group of America, Inc.

[2] Todos los años nos encontramos con varios casos.  Sin necesidad de echar la vista muy atrás, hay casos sonados como el de Boliden (por el desastre ecológico de la mina de Aznalcóllar), Barings Bank (el trader en Singapur que hundió el banco) o Parmalat (estafa por falsear las cuentas).  Más recientemente, tenemos casos como el de Pescanova o Gowex.  Y tampoco hay que olvidar casos que ocurren en países “serios”, como puede ser el de OW Bunker en Dinamarca (una combinación de un fraude, otra vez en Singapur, y fallos en coberturas) o Quiksilver en USA (aquí parece que no ha habido “maldad”, pero que nos sirva de lección que los grandes nombres y en países avanzados, también pueden tener sus problemillas).

[3] Aquí entramos de lleno en el mundo de la gerencia de riesgos, que se escapa de las pretensiones del presente post.  Más información en Agers, Fundación Mapfre, etc.

[4] Para una descripción concisa y clara, a modo de introducción, recomiendo el artículo “Responsabilidad personal en el concurso de acreedores” de Juan de la Fuente Gutiérrez y que aparece reproducido en la página web de Garrigues.

[5] Si piensas acaso que se trata de ciencia ficción y que en España no se logran estas condenas, te invito a que eches una ojeada a la página web de José Ramón Martínez Carrera, Director General de Bufete Gesico.  Los ejemplos más recientes proceden de Burgos, Ciudad Real y Alicante.  José va más lejos y afirma que es el método más efectivo para recuperar deudas judicialmente.

[6] A falta de mejor sitio para ponerlo, pero al hilo de la responsabilidad de los administradores y el cambio de mentalidad que se tiene que obrar de una vez por parte de consejeros, administradores y directivos, es de imprescindible lectura este post de Juan Antonio Frago Amada, también inspirado en el caso VW.


Imagen: José Belzunce | flickr

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